El arte hoy se ha popularizado. Llega a todos los públicos a través de muy diversos canales, pero siempre de forma masiva. Se a convertido en un producto de consumo. Ya lo sentenciaba Walter Benjamin en su discurso sobre la reproductibilidad del arte. El destino de una obra de arte es ser reproducida; de hecho, nacen con ese único fin.
En medio de toda esa vorágine de imágenes, de luces y colores, de ritmo trepidante, de simulacros y artificios, de vez en cuando nos encontramos pequeñas obras de arte que pisan sin hacer demasiado ruido, como descalzas, y que por eso los que por vicio o por casualidad damos con ellas, creemos estar descubriendo un gran tesoro.
Se trata de un cortometraje de animación de esos que hoy se llamarían "artesanales". Ganó el Goya al "Mejor Cortometraje de Animación" en 2004 y es obra de Juan Carlos Marí, que creo más de 4000 dibujos con lapices de colores para dar vida a esta pequeña poesía en movimiento.
«En la sociedad tan estresada en la que vivimos
la gente sólo tiene tiempo de ver
cosas cortas e inmediatas».
Juan Carlos Marí.
Y tiene razón; nadie se detiene a mirar...Por eso la magia de estos minutos de pintura sin efectos especiales, sin grandes decorados, sin rápidos movimientos y que sin embargo...te enganchan ¿o no?
